Así, con la soltura de quien lleva cien vidas vividas, me hizo el amor; mas me besó con la ineptitud del recién nacido que sólo sabe que ha venido al mundo para llorar.

14 febrero 2013

La realidad, ese apóptosis progresivo.
Qué no te hacía, arte. Tu voz se rompe en las lilas.
Cantas llamas que no existen. Apareces en mi puerta.
Entras sin llamar, me ves desnudándome en el paraíso de mi memoria.
Despertar de la mano de su respiración. Siempre como la primera vez.
Veintisiete domingos, quince rosas, un destino.

07 febrero 2013

Ese instante que no se olvida. Todavía Febrero, ¿Octubre dónde te quedas?
Una figura entre las sombras, sí. Silueta masculina perfecta, grácil forma. Pelo de un oscuro aterciopelado abrumador; rostro rosado de cejas esbeltas, ojos de un marrón que se me antojaba al chocolate que me untaba cuando hacíamos el amor, labios que más quisiera aquel poeta poseer; cuello para agarrar, torso para desvestir, brazos sin una muerte definida, manos de acaríciame aquí que me pierdo, dedos de pianista, cuerpo fácil de anhelar; ¿piernas? muslos como cuerdas que te ahogan.

Un chico entre las sombras, sí. La bondad como las inundaciones, por cubos. Sus pestañas tan enrevesadas como hipnóticas sujetaban mis noches. Me retaba. Una mirada era suficiente para hacer estallar guerras que acababan no sé cómo, en su cama. No te vayas, qué dices, vete. 'Atrévete a sorprenderme' le suplicaba sin palabras, y me entendía. 'Mañana quizá todo haya cambiado' y luchaba. 'Esto que estamos haciendo no está bien' y sabía que era peligroso desde el principio.

El hombre de mi vida entre las sombras (sábanas), decían, sí. No somos un poema escrito en un muro cualquiera de Madrid pudiéndose desvanecer por los fenómenos del destino. Sino que, el arte quedaría grabado de por vida como un tatuaje hecho a fuego.

24 enero 2013

La noche no es oscuridad, qué va.
Altivez, que me encantas.
La verdad estalla en mis deseos. Oye, ven, qué dices.
Escribiendo sin adjetivos,
así fue cómo empezó todo, ya ves.
Que amanecimos a la mañana siguiente como San Francisco tras el terremoto. 
Devastador.

12 enero 2013

Una casa. Ya sabéis, una casa. Una casa blanca como su tez, alumbraba las alturas de la costa. El mar embravecido avecinaba tormenta, la sal revoloteaba en el ambiente y se acoplaba en mis cabellos. Tardes de esas que invitan a pasear, arena entre los dedos. Vegetación de un hermoso verde colindaba con la casa que reinaba el lugar. Nubes hacían del sol algo pálido y sin vida, el día se apagaba y las calles se encendían a la par. Una gota de lluvia me cayó sobre la palma de la mano, erizando todo mi cuerpo. El cielo hablándome 'Échale de menos pero no le busques'. La lluvia había metamorfoseado ya mi pelo liso en algo imposible de dominar. La ventolera se introducía bruscamente en el abismo de mi vestido, azul, su color preferido. Empapada y sin rumbo, la arena pegada, los ojos en llanto. '¿Qué haces que no bajas?'. La muerte postrada a los pies de aquel escarpado barranco, caminó hacia a mi, me besó y me desvistió. La casa mirando. Todo me recordaba al del torso delgado.

Silencio. Carencia de ilusión. Miro a la izquierda y vacío. Miro a la derecha y gente vacía. El recuerdo de aquellas tardes pesa. La distancia me humilla, el corazón llora. Miro al frente, y críticas, mundo sin sentimientos. Silencio.

Silencio. Eco de llantos, necesidad de muchos, miedo de tantos. Ni cuándo surge ni por qué, sólo silencio.


Silencio en las calles, vaga tu recuerdo y llueve. Farolas apagadas, gente corriente, qué pena que amen lo común. Silencio.


Silencio en la mirada, labios pálidos que no besan, aliento entrecortado, voz que vacila tu nombre. Silencio.


Silencio en la muchedumbre. ¿Qué hago aquí sin ti? Tus andares bailan mi vista, muérome en tus manos, tu rostro elevado a grado divino. Y, ¿ahora que no estás? Silencio.