Así, con la soltura de quien lleva cien vidas vividas, me hizo el amor; mas me besó con la ineptitud del recién nacido que sólo sabe que ha venido al mundo para llorar.
10 marzo 2014
La fugaz muerte del que ve faltar un trozo de su corazón,
el despojo de un meteorito en el espejo.
Siento tanto, que pido perdón
por no dejar a los demás verlo.
Deberías creerte eterno por esa lozanía pura que tienes.
- He vuelto a hacerlo -
querer que vengas,
que acabe yendo yo
y nos perdamos ambos,
no una,
ni dos,
- sino tres veces -
como dos aves recién llegada la primavera.
Prima la vera a tus cortes de mangas
antes que a tus cuentos rosas, debes saber.
Así como los días que te afeitas
sobre los que decides atravesar la maleza.
Así con la soltura de quien lleva cien vidas vividas,
me hizo el amor;
mas me besó con la ineptitud del recién nacido
que sólo sabe que ha venido al mundo para llorar.
Sin ser literal, estamos tan fundidos como el reloj de Dalí.
el despojo de un meteorito en el espejo.
Siento tanto, que pido perdón
por no dejar a los demás verlo.
Deberías creerte eterno por esa lozanía pura que tienes.
- He vuelto a hacerlo -
querer que vengas,
que acabe yendo yo
y nos perdamos ambos,
no una,
ni dos,
- sino tres veces -
como dos aves recién llegada la primavera.
Prima la vera a tus cortes de mangas
antes que a tus cuentos rosas, debes saber.
Así como los días que te afeitas
sobre los que decides atravesar la maleza.
Así con la soltura de quien lleva cien vidas vividas,
me hizo el amor;
mas me besó con la ineptitud del recién nacido
que sólo sabe que ha venido al mundo para llorar.
Sin ser literal, estamos tan fundidos como el reloj de Dalí.
25 febrero 2014
A aquel hombre, por amor al arte:
Que no sabe que corta el tráfico de la Gran Vía cuando me saluda con la mano; figura grácil de bordes oblicuos, abstracto trazado por la madre de todos, pero sobre todo la suya. Rompe las paredes cuando desnudo se apoya después de hacerme volar como el aire acelerado por un ventilador.
El desastre más bonito hecho persona,
padre de la peculiaridad, un ápice de locura inundada.
Dónde estará si no a mi vera,
donde se ha dejado a mi vicio la primavera.
Apóptosis diario desde el filo de sus labios,
gruesos para comerme mejor.
Y me comió,
el lobo audaz se enamoró
de la Caperucita que sólo sabía escribir de vez en cuando.
«A puñados yo te lo doy»
Que no sabe que corta el tráfico de la Gran Vía cuando me saluda con la mano; figura grácil de bordes oblicuos, abstracto trazado por la madre de todos, pero sobre todo la suya. Rompe las paredes cuando desnudo se apoya después de hacerme volar como el aire acelerado por un ventilador.
El desastre más bonito hecho persona,
padre de la peculiaridad, un ápice de locura inundada.
Dónde estará si no a mi vera,
donde se ha dejado a mi vicio la primavera.
Apóptosis diario desde el filo de sus labios,
gruesos para comerme mejor.
Y me comió,
el lobo audaz se enamoró
de la Caperucita que sólo sabía escribir de vez en cuando.
«A puñados yo te lo doy»
28 enero 2014
Como cada dorada mañana de Mayo, Jack sale hacia ninguna parte vestido con un único cuaderno forrado de cuero marrón y compuesto por hojas de filos plateados. El reloj de la estación de metro marcaba las doce en punto. En pleno ecuador del día Madrid parecía una gran selva de bestias de hierro que surcaban las calles con furia e ímpetu. El crepúsculo de la mañana había dejado ebrios, almas en pena de amor y poetas, víctimas del alivio de la noche, sobre las frías calzadas de la capital. Llovizna, arcoiris (...)
El reloj de la estación de metro volvía a marcar las doce, esta vez en oscuridad. La muchedumbre que abarrotaba las calles hace apenas instantes ha disminuido como la tal Alicia que veía conejos blancos.
- Otro día de esos de anónimos en Madrid -
Tres minutos, corre.
El tren tan tarde llega veloz por las vías,
llega veloz por las vías,
y para lento,
y para.
Jack, cuaderno en mano, era esperanza ya rota. Tantas estaciones como minutos en su reloj de muñeca. Repentinamente, un ángel encaprichado en bajar al mundo de los vivos se encuentra delante de él. El rugido de la furia metálica, como empujándolo, obliga a Jack a abrir por vez primera en aquel Martes su cuaderno.
"Es guapa, bueno, algo atractiva, pizpireta su apariencia...". Lo borró. Descontento, con ideas difusas, comenzó a concentrarse en ella, a inmiscuirse en su ser.
"...podría confundirse con una flor de jardín real de la delicadeza que hacía llegar. El viento de la capital había hecho de su pelo un abismo de bellos enredos castaños cual nidos de golondrinas. Perfecta figura grácil sobre un asiento demasiado vulgar si un trono se merece. Se humedece los labios sin que nadie más pueda hacerlo en su lugar, terriblemente cruel. Las tinieblas de sus cabellos dejan entrever poco a poco aquel valle de los caídos, lleno de verdor, en su más notorio auge. Criatura querida por los dioses, la distraída. Incluso su sombra se me antoja dicharachera bailando al ritmo de los zumbidos del tren..."
Milésimas de segundo,
y para el tren en Plaza,
y para.
Atónito, Jack observa cómo la musa de sus últimos pensamientos se desvanece. Pero no puede haber escritor sin musa.
Y sólo a media voz pronunciar pudo "Eres mi casa, Madrid de ojos verdes"
El reloj de la estación de metro volvía a marcar las doce, esta vez en oscuridad. La muchedumbre que abarrotaba las calles hace apenas instantes ha disminuido como la tal Alicia que veía conejos blancos.
- Otro día de esos de anónimos en Madrid -
Tres minutos, corre.
El tren tan tarde llega veloz por las vías,
llega veloz por las vías,
y para lento,
y para.
Jack, cuaderno en mano, era esperanza ya rota. Tantas estaciones como minutos en su reloj de muñeca. Repentinamente, un ángel encaprichado en bajar al mundo de los vivos se encuentra delante de él. El rugido de la furia metálica, como empujándolo, obliga a Jack a abrir por vez primera en aquel Martes su cuaderno.
"
"...podría confundirse con una flor de jardín real de la delicadeza que hacía llegar. El viento de la capital había hecho de su pelo un abismo de bellos enredos castaños cual nidos de golondrinas. Perfecta figura grácil sobre un asiento demasiado vulgar si un trono se merece. Se humedece los labios sin que nadie más pueda hacerlo en su lugar, terriblemente cruel. Las tinieblas de sus cabellos dejan entrever poco a poco aquel valle de los caídos, lleno de verdor, en su más notorio auge. Criatura querida por los dioses, la distraída. Incluso su sombra se me antoja dicharachera bailando al ritmo de los zumbidos del tren..."
Milésimas de segundo,
y para el tren en Plaza,
y para.
Atónito, Jack observa cómo la musa de sus últimos pensamientos se desvanece. Pero no puede haber escritor sin musa.
Y sólo a media voz pronunciar pudo "Eres mi casa, Madrid de ojos verdes"
07 enero 2014
Ella era ruda, bella testaruda,
de vida desordenada,
no tenía nada claro, se mordía el labio.
Carecía de sencillez, le sobraban los tacos.
Se enfadaba a menudo, se le marcaban las clavículas.
Sus pupilas se dilataban, se reía.
Fumaba a ratos y me quería a medias.
Me miraba intenso, me comprendía lento.
Creía que nadie estaba a su altura,
llegué yo y se puso tacones.
Ella no me atraía para nada.
Aunque supongamos que me baila en la cornisa del piso décimo quinto.
Me empezaría a matar un poquito.
de vida desordenada,
no tenía nada claro, se mordía el labio.
Carecía de sencillez, le sobraban los tacos.
Se enfadaba a menudo, se le marcaban las clavículas.
Sus pupilas se dilataban, se reía.
Fumaba a ratos y me quería a medias.
Me miraba intenso, me comprendía lento.
Creía que nadie estaba a su altura,
llegué yo y se puso tacones.
Ella no me atraía para nada.
Aunque supongamos que me baila en la cornisa del piso décimo quinto.
Me empezaría a matar un poquito.
26 diciembre 2013
Día cuatro de relaciones a distancia.
Seis han sido las veces que me ha sacado de mis costillas, aposta, para hacerme el amor sin remordimientos.
Cinco, las veces que lo que no me ha matado me ha bebido hasta la embriaguez.
Cuatro han sido las veces que Madrid se ha movido mientras me escondía detrás de un alejandrino.
Tres, las veces en las que del dicho al hecho ha habido más de un trecho, más de un polvo y más de un Lambrusco.
Dos han sido las veces que un mal ha durado cien minutos, sin sexo, tan eviternos como fugaces.
Una, la vez que me has dicho te quiero con rostro de verdad sin cruzar los dedos.
Y ningún oído sordo a palabras necias.
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